Hay piezas que, al ponértelas, te hacen sentir diferente desde el primer instante. Creé esta pulsera para los días en los que quieres llevar contigo un pequeño jardín, algo luminoso que te acompañe con delicadeza.
La diseñé pensando en quienes aman los detalles que florecen. A lo largo de toda la banda hay flores grabadas a mano, una a una, unidas por una enredadera de hojas que se traza despacio, con la paciencia de un oficio que no tiene prisa. El cobre puro conserva ese brillo cálido que madura con el tiempo y se hace más tuyo cada día.
Al ser una pulsera abierta, se ajusta con facilidad a tu muñeca: puedes adaptarla suavemente con las manos, sin necesidad de ninguna herramienta. Desde hace milenios las personas han llevado el cobre sobre la piel, y quienes la eligen suelen contarme que se ha convertido en una compañera de la que ya no quieren separarse.
Esta pieza forma parte de la celebración de mi décimo aniversario. Espero que encuentre la muñeca que más la necesita.
— María